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martes, 14 de mayo de 2013

Diario de un emigrante. El tiempo que viví con una puta

Toco el timbre, se oyen pasos, se abre la puerta, llega, casi no le da tiempo a darme un beso, la exaltación le puede, tiene algo que contarme. Le sigo inquieto por el pasillo, por el pasillo de siempre, llegamos a la cocina, allí están, tal vez más exaltados, mis compañeros de casa, parte de ello, sostienen un ordenador, no dan crédito a lo que ven, cuando me lo muestran yo tampoco.

Cuando volví a Londres después de unos días en casa, hablando en castellano, comiendo bien, disfrutando de los cariños de los seres queridos. Después de esos días, comenzó otra vez toda la odisea, busca trabajo, busca casa, comienza de nuevo, vuelta a los nervios anteriores, a sensaciones ya vividas y no precisamente placenteras. Pero con esfuerzo, constancia y mucho apoyo en los míos lo vuelvo a conseguir, incluso mejorar, mismo puesto de trabajo, ya conozco a los compañeros, ya conozco el trabajo, ya saben cómo trabajo, no me tengo que camelar al jefe, ya lo tengo engañado. Pero si, mejor sueldo, nunca pensé que subir un sueldo iba a ser tan fácil, y creo que nunca más lo volverá a ser. Seguía sirviendo mesas.

Nueva casa, nueva habitación, nuevos compañeros de casa. La mía era una habitación pequeña, muy pequeña, pero suficiente para mí y para mis pensamientos. El día que me enseñaron la casa pensé que estaba deshabitada, nadie se oía o se movía por allí. Pero luego fui descubriendo poco a poco a sus habitantes. Si en mi anterior morada entre mis compañeros contaba con chavales buscavidas, en mi situación con más o menos empeño, pero buscándose las habichuelas, en esta no, todos eran estudiantes, parecían tener más dinero, o por lo menos una idea más, como decirlo, decidida de machacarse por la vida. Primero le conocí, era grande, estudiaba un postgrado, en algo de letras, nunca llegue a comprender que era exactamente, pero le dedicaba horas, a eso y a hablar con sus amigas, lo que me recuerda al segundo, como no tenía muchos amigos por allí, hablaba conmigo, y con quien se pusiera delante, al principio me pareció simpático, hasta tenía una conversación interesante, luego fue tornando a monótono, todo era lo que él había hecho, lo que él tenía, y lo que él iba a hacer, más tarde se transformó en tedioso, no se callaba, no había forma de escapar, ni un resquicio, era implacable. Una vez conseguí huir de él, y tuve que pasar horas encerrado en mi cuarto, porque para salir había que cruzar la cocina donde él montaba guardia. Era portugués. Luego había una chica que siempre cocinaba cosas raras, supongo que para ellos sería raro lo que yo cocinaba. Parecía china, y no hablaba mucho, y como yo tampoco, pues nuestras conversaciones eran de lo más fluido. ‘Hello, how ‘re you?’ y poco más. Al de un tiempo descubrí que no era china, era india, pero debía ser de alguna región cercana a china y de ahí los rasgos achinados. Última persona que conocí, esta si era india, de verdad, con sus rasgos característicos y todo. Resultó ser puta.

Como casi todos los días cogí la ruta 113 desde mi Golders Green para bajarme unas diez paradas más allá, Swiss Cottage, recuerdo que llegue tarde, pero aun así, de los primeros, era un día duro, como todos los sábados. Lleno absoluto en el restaurante, la comida del nuevo chef, parecía gustar a la clientela tanto o más que la de él antiguo. Gente haciendo cola en la calle para cenar, y como no, nervios, en cocina, en la barra, los camareros no dábamos abasto. Una equivocación significaba mucho retraso, muchas quejas de los clientes, y la consiguiente severa reprimenda del ogro, mejor hacerlo bien a la primera. Quizá sea uno de los trabajos que más presión me ha hecho soportar hasta el día de hoy, recordaré esos momentos cuando este tirado en la cama. Aprendizaje para el futuro. Tenía un truco, ser un robot, aislarme de los gritos, de los nervios ajenos, a mí me sobraban propios, no necesitaba los de los demás. Y pensar en volver, en llegar a casa, en descansar en sus brazos, en dejarme mimar, dejarme querer. Todo llega, terminó la noche, tuvimos una buena cena, creo recordar que fue un jugoso murgh xacuti.

Salí a la negra noche londinense, busque mi autobús, lo paré, me subí. Todos los días me sentaba en la última fila del piso superior, buscando un lugar tranquilo donde sacar mi libro y sumergirme en sus líneas. Pero aquel día era diferente. Quizá presagiando lo que iba a pasar. El autobús venía repleto, mucho más de lo habitual. Además encontré un rostro conocido entre los viajeros agotados que ansiaban  llegar a sus casas. Conversé con él, el mundo es pequeño, incluso en una ciudad como Londres puedes cruzarte con una misma persona dos veces en la misma semana. The Vale, mi parada, me toca bajarme, la calle vacía y fría se ofrece a llevarme a casa, pero los pasos los doy yo. Ella me esperaba, siento gran pasión por ella, por nosotros, estoy enamorado de la idea, de ella también. La puerta frente a mí me saca de mis pensamientos. Toco el timbre, se oyen pasos, se abre la puerta, llega, casi no le da tiempo a darme un beso, la exaltación le puede, tiene algo que contarme. Le sigo inquieto por el pasillo, por el pasillo de siempre, llegamos a la cocina, allí están, tal vez más exaltados, mis compañeros de casa, parte de ello, sostienen un ordenador, no dan crédito a lo que ven, cuando me lo muestran yo tampoco. En la página web mi compañera, la de los rasgos indios, la de los horarios raros, la que acababan de expulsar de la casa, era scort de lujo, acompañante.

Cierto día vino un chico, abrió mi habitación, se extrañó y me preguntó por el baño. Otro coincidí con ella cuando estaba cocinando, lo hacía a menudo, se sorprendió, dijo que a ella también le gustaría cocinar, pero que tenía una vida social muy ajetreada, que no tenía tiempo. Cada dos días había flores nuevas en el jarrón de la cocina… ahora todo tiene una explicación. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Diario de un emigrante. Inglaterra


El día que llegué a Inglaterra. El funcionario de fronteras me pidió el pasaporte, le entregué el documento de identidad, lo miró, me miró, dio su conformidad, estaba en suelo inglés, era diecisiete de septiembre. Aún me quedaba mucho para encontrar Inglaterra.

Ha sucedido, fue el fín de semana, lo encontré, ingleses de verdad, de los de la piel rosada que muta a rojiza según avanza la noche y la ingesta de alcohol, de los de pelo rubio, de los de comer a cual guarrada mayor, de los de desayunar alubias, comer sándwich y cenar un buey entero a la hora de la merienda. De los que todos tenemos en la idea de estereotipo inglés. Él me ha invitado, por qué no iba a asistir, es una gran oportunidad, y quien sabe, quizá me quede, quizá sea el tren que pasa. Me lo planifique bien, quizá mejor de lo necesario. Solo es coger un tren en King Cross hacia Cambridge. La vieja y nostálgica King Cross, famosa entre famosas, será cosa de magia. Pero el problema, la piedra surgió antes de lo previsto, cerrada la Northern Line por reparaciones. Pues nada, crucé los pomposos barrios de Hamstead, sobre el nivel de la tierra, autobús de sustitución. Con el consiguiente retraso. Aunque salgas pronto de casa ya se encargará el karma de hacerte llegar tarde, frase que podría haber sido sacada de las pesimistas y graciosas leyes de Murphi. Pero no fue un tiempo baldío. Conocí cierta chica simpática, que… me dio conversación y me hizo ameno el viaje. Está bien era más bien una señora, casi ancianita, y la conversación no fue muy interesante, pero por lo menos era más entretenida que mi libro. Este libro no lo estoy leyendo, lo estoy sufriendo. Pero por mis cojones que lo acabo. Mientras viajaba me iban entrando las inseguridades, una a una, que me iba a encontrar, les entendería cuando me hablasen, me perdería en medio de Inglaterra sin dinero para volver, me violarían, bueno esta última era más bien un deseo.  Al final se cumplieron casi todas, pero todo a su tiempo. Llegué, tarde, llegué. Pregunté por la gente, me llevaron hasta ellos, y primera sorpresa, no eran cincuenta, ni sesenta, no iba a pasar desapercibido pues no llegaban a diez. Estaban cenando, yo tenía hambre, así que le eche morro y pedí un plato y me fui a por comida, pasando de charlar, lo primero es lo primero. Qué asco de cena, no había nada normal. Pavo cocido con salsa de grasa acompañado de grasa, me lo comí, total era comida, tipical british. No había estado aun en un restaurante que dieran comida inglesa, empezaba a pensar que no existía. Segunda incógnita fue resuelta tras la cena, en la sobremesa, en la conversación, que como todas se expusieron las claves para salvar el mundo, algo solo alcanzable por el razonamiento, oculto para las grandes mentes dirigentes de este nuestro mundo. Era cierto, no les iba a entender cuando me hablasen, los ingleses de verdad no hablan en inglés, hablan por sonidos inteligibles para el resto de los mortales. Ejemplo de ello fue mi compañero de cuarto, venido del norte de Gales, su nombre, aun a día de hoy desconocido, algo así como jkfsd, solo emitía un sonido continuo sin variaciones cuando hablaba, a lo que los demás especímenes de su especie respondían, pero yo era incapaz de entender. No fue toda la estancia igual, según fue avanzando fui distinguiendo palabra, incluso alguna frase completa. Al día siguiente sufrimos las primeras deserciones, el rarito, el que no había abierto la boca aún se marchó, huyo, echaba de menos a mama. Pudiera ser también que tuviera mejores cosas que hacer, no como yo. Desayuné, huevos con alubias, y sigo vivo. Conocimos la oficina, amplia, llena de mesas, de teléfonos y de gente trabajando. Comenzamos, era a lo que habíamos venido, lo anterior no fueron más que preliminares, sala de reuniones, o de formaciones, los que quedábamos alrededor de una mesa, la elfa explicaba, la entendía, por lo menos sabía de qué hablaba, quizá porque ya se me el mensaje, arreglamos el mundo. Para ser una elfa estaba algo rellenita, se ve que disfrutaba de la vida, aun así le hacía una cara interesante, diferente, de esas que gustan mirar, que generan confianza, algo básico para el trabajo que lleva a cabo. Su escote también ayudaba. Un día entero de reunión, no encajaba con lo que yo esperaba, mas saque muchas cosas positivas, muchos aprendizajes, y cerré una puerta, que puede ser algo que necesitaba, tal vez tenga demasiadas abiertas. Ejercite mi inglés, como los ejercicios del colegio en los que sales a hacer una exposición sobre un tema, pero sin prepararlo y cuando los demás van a otra cosa, creo que no será la última vez, me servirá en un futuro. Comí a las once y media, sándwiches, asquerosos, pero parecía un muerto de hambre, todos cogían uno, yo cinco, necesito mi comida del mediodía, no me acabo de fusionar con las costumbres isleñas. Me pagaron el billete, dos días viviendo de gorra, pensamiento muy patrio. Se acabó la reunión y hay fui yo el que deserte, no iba a seguir adelante, los supervivientes se dirigían a un destino incógnito  a convivir durante semanas, yo cumplí mi siguiente premonición, me perdí, estaba en el centro de Inglaterra, diluviaba, no tenía paraguas, no tenía dinero, no sabía cómo llegar a la estación donde coger el tren que me llevase de vuelta a Londres, la solución, preguntar, si, pregunté por una dirección, estaba desesperado. La vuelta no tuvo más misterio, no me perdí más, no encontré chicas interesantes en el tren, no me violaron y la línea de metro no estaba cerrada. 

martes, 5 de febrero de 2013

Diario de un emigrante. Conocerse

Sabes esos momentos en los que mandarías todo a la mierda, se acabó, dejas de luchar, te rindes, de buscar la felicidad como te han enseñado a buscarla, estudia una carrera, un master, idiomas, encuentra un trabajo bien pagado, donde desarrolles tu verdadera vocación y te llene como persona, encuentra una novia, guapa, inteligente, despampanante, divertida, cásate con ella, ten hijos y matate para que ellos tengan las mismas oportunidades de sufrir en el futuro que tú has tenido. Trabaja por encima de todo, con ello lo conseguirás, a base de esfuerzo y sacrificio llegarás a donde te propongas, siendo buena persona y esclavizado… una mierda!

¿Hacia dónde voy? ¿Por qué vivo en Londres? O bien porque he venido a terminar mi formación y aprender inglés enfrentándome por encontrar una ocupación decente, gastando lo mínimo, o bien porque huyo de algo, lo que es peor huyo de mí mismo. Soy cobarde y no me atrevo a afrontar una etapa que no sé cómo funciona, en la que me encuentro pato, en la que voy a fracasar varias veces hasta lograrlo. Vuelvo a España de forma definitiva. A echarle un par de huevos. 



jueves, 6 de diciembre de 2012

Diario de un emigrante. Vuelta

Enfrentarme al papel en blanco me da escalofríos. Casi lo emborrono para no verlo vacío. Esta bien, lo haré, garabatearé alguna conclusión y consecuencias de los casi tres meses que llevó en la isla, en la ciudad, tres meses sin ver el campo la naturaleza, solo asfalto y hormigón. Me agobia, quizá haga alguna locura.

Vine un 17 de septiembre, hacia frio, pero iba en pantalón corto. Alquile una, digamos, habitación. Busqué, encontré trabajo. Trabajé, sigo trabajando. Viví, disfrute de la noche. De compañía tuve gente de tantos sitios. Disfrute del día, sufrí del frio. Unos se fueron, otros quedan. De todos aprendí algo, de todos me molestó algo, de eso se trata la convivencia, no existe la persona adecuada. Son muchas las cosas que aprendo cuando viajo, cuando se viaja. Llevo ya cinco años y medio, desde que salí de mi casa, de la casa de mis padres, he aprendido muchas más cosas, y más útiles en estos cinco años que en los quince que me pase en el colegio, sin despreciarlos, pues ambos son parte de la persona que soy hoy en día. Cuesta ir dejando atrás amigos, buenos amigos, enemigos, hábitos, pero viajando, moviéndote aprendes a vivir. Pero no iba de esto el relato, no voy a aburrir con moralismos.

Me senté en esta silla, en esta casa, en esta morada improvisada. Después de los agitados y difíciles días iniciales la cosa ha cambiado, se han vuelto monótonos, del restaurante a casa, de casa al restaurante, dejar escapar el tiempo delante del ordenador. Me levanto, tarde, no me da por madrugar, no necesito la ayuda de Dios, por el momento. Remoloneo, porque puedo, y porque me gusta.  Bajo a la cocina, que hace las veces de salón también, y me preparo el desayuno, a veces como fruta, y aunque se de alguien que enojará, normalmente no lo hago. Café, robado a algún compañero, o té, propio, con galletas de jengibre, me he hecho adicto a esas galletas, y como a nadie más le gustan suelen durar en al cocina. Si alguien me acompaña en el desayuno solemos mantener interesantes conversaciones. Los temas son bastante variados, desde cual es el mejor tema de The doors a los perfectos pechos de la vecina, creedme son perfectos, y como no pasando por ‘in my country…’. Cuantas veces habré oído esa frase seguida de quejas, alabanzas, orgullo, tristeza, añoranza de boca de todos, sean de donde sean. Todos añoran la tierra que les vio crecer. Si nadie comparte mi desayuno me vuelvo a la habitación, y aquí empieza toda la variación de mi rutina. Dependiendo de mi estado de animo me pongo a buscar un trabajo en el ordenador, incluso algún día salí a su encuentro en la calle, pero nunca lo encontré. Si me encuentro más creativo ese día, escribo, leo, retoco fotos, lo público, y luego lo lees y lo ves. El día que me siento todavía más artista, ese es el día que no hago nada, veo series, navego por la red sin rumbo fijo, pierdo el tiempo muy artísticamente. Tras hacer el vago toda la mañana suelo skypear (debería ser esta una palabra ya admitida en el diccionario, por lo menos en el mío, pues la uso más que muchas otras), mi momento de conexión con el mundo, con los amigos, con los añorados, con los amados. Es un momento este de evasión, de dejar el inglés a un lado y volver a sentirme querido. Llega la hora de comer, le he cogido especial apego, me esta gustando mucho cocinar, y sobre todo que me salga cojonudo. Además es de las horas más calientes del día. Si por que con los fuegos encendidos la cocina coge temperatura. Luego suelo tener un par de horas que no sabría definirlas muy bien, suelo ver alguna serie, o buscar trabajo, o cosas muy variadas, hasta llegar a las cinco de la tarde, hora fatídica, toca ponerse las pilas, salir a la calle y ganarse el pan. Hace frio, las manos se me abren, maltratadas por el frio de la bicicleta y los productos del restaurante. Les vendrán bien unas vacaciones. Una vez pedaleo hasta swiss cottage comienza mi jornada laboral que se alarga hasta media noche. Tras lo cual, ceno, ceno muy bien, es uno de los puntos positivos de trabajar ahí, siempre ceno jodidamente bien, y mucho, lo que me impide irme a dormir, la barriga está llena, así que pierdo otro rato el tiempo frente al ordenador antes de irme a dormir, casi siempre escuchando a Wyoming o Buenafuente. Me da asco pasar tantas horas delante del ordenador, no es bueno, debería dejarlo, lo haré.


Pero todo esto ya se acabó, toca volver, a casa por navidad, como las buenas cosas. He aprendido mucho. Una experiencia increíble, que aspiro a volver a repetir en breve cambiando únicamente el nombre de la ciudad, perro con idéntica ubicación y aspiración.

martes, 20 de noviembre de 2012

Diario de un emigrante. Domingo

Los domingos se acaba de mundo. No quisiera ser una metáfora, pero, aquí, en Londres, cobra más sentido que nunca, cobras cada semana, pagas cada semana, vives de semana en semana, los domingos cobran su más alta expresión como consumación de un tiempo vital. Hago la compra semanal los lunes, y compro alimentos justos para la semana, pues tienen la costumbre de caducarse a velocidades vertiginosas, la etiqueta ‘Using within 3 days of opening’ parece ser moda por estas islas. Pago mi alquiler de forma semanal, todos los miércoles, puntual, hace que parezca razonable la cantidad estipulada, pero no quiero multiplicarla hasta averiguar la cifra mensual, me produciría escalofríos. Cobro mi nómina cada dos semanas, toca un poco la moral, es otra estrategia para hacerla parecer mayor de lo que en realidad es. El abono de transporte, que ya paso a mejor vida, lo pagaba de forma semanal, veintinueve libras por poder usar el metro y autobús en las zonas 1 y 2, a punta de pistola. Con esta organización, si, el domingo es ese día cual descanso todo lo que te han exprimido durante la semana. Quizá tenga un montón de planes para cuando tuviere un día libre, pero son vanos, todo el plan que debería hacer es, no quitarme el pijama en toda la jornada, y si me apuras llamar al chino para comer… aun no, no me siento con fuerzas de adivinar como cocinan los chinos en este país, donde la calidad de la comida general brilla por su ausencia. 


Hoy es domingo, sigo en la cama, son las doce de la mañana, pienso la comida que prepararé cuando baje a la cocina, algo que se antoja difícil. Hablando de comida, utilizo mucho tiempo aprendiendo a cocinar mejor, es algo que me realiza, cojo ideas del restaurante, de internet, de los libros o artículos que leo, e intento realizarlas en mis fogones, algunas veces con más acierto que otras, pero de eso trata todo aprendizaje, de fallar, levantarse y volver a fallar. El último plato al que he vencido es algo parecido al arroz briyani, lo cocinan en el restaurante, ellos usan arroz basmati de las mil maravillas, yo arroz sansbury basic, viene siendo cuatro veces más barato, el resultado es bastante parecido, arroz frito con verduras o pollo, gran cantidad de curry, como casi toda la cocina india, aromatizado con menta, y acompañado de una salsa de yogur. No es por echarme flores, pero después de cuatro o cinco intentos, sufridos intentos, me ha quedado comestible. La tarde no presenta muchas más alternativas, la cama, la vagancia y el descanso me atraparán.

Para el domingo, había planeado coger la bici, si, me he agenciado una bici, y explorar los alrededores, ver si conseguía llegar al domingo de la ciudad de Londres. No lo hago, no lo haré. Pero por lo menos estoy escribiendo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Diario de un emigrante. Morada

Me dispongo a continuar mi relato. La mañana es nublada, para variar, los pájaros no cantan, pero no lo añoro pues suena el blue álbum de los Beatles. La taza de té y el ordenador me escoltan mientras siento satisfacción por mi primera nómina que ayer me pagaron, raquítica, pero primera. Al final me harté de ir de aquí para allá buscando particulares que me alquilasen una habitación para encontrarme agencias chupasangres detrás de cada anuncio. No me quedó más solución que contratar los servicios de una de ellas. Debe llamarse algo así como UKLondonFlat, y fue la que mejor impresión me dió. Visité varios antros más, hasta que al final hallé algo donde poder descansar sin que la mierda me comiera. Hoy en día le llamo casa. Mi contacto con la agencia, fui a su oficina, terreno enemigo, me atendieron en castellano, mierda para todos, yo quiero practicar mi inglés, hablaba español con ese acento guiri que tanta gracia nos hace. Se llamaba Joe, según me indicó el, mas tarde descubrí que se llamaba Gio, que en inglés hablado por italianos se debe de pronunciar igual. Era un hombre en sus treinta pasados, vestía decentemente, algo que me debería haber dado pie a pensar que no era inglés como yo en un principio creía. Los ingleses se visten con el culo, y las inglesas ni siquiera usan el culo. Cuanto más hortera y estrafalario sea la prenda que te pones más guay eres, asi que pasear por la calle se convierte en un constante desfile de personajes intentando ser más ridículo que el anterior, y creedme, lo consiguen.


No se me distraigan, había conseguido uno de los objetivos principales, y solo me había costado una semana y un motón de pounds, si un motón, pago el doble que en Pamplona por una casa la mitad de decente, siendo generosos con los piropos. Lo celebré con mis ya casi íntimos Jose y Alex. No me fliparé, toda la celebración fue un enhorabuena y un apretón de manos. Pero en los momentos que estaba era una maravilla. Otra vez tocaba, coger todos mis bártulos, toda mi vida en una maleta, toda mi sabiduría, mi ropa y mi compañía, y cruzarme Londres, en un metro para nada accesible. Los diseñadores de este metro deberían acudir a una clase con Sacris, y así comprender lo que es la accesibilidad. Legué, expectante, ¿Qué me encontraría?, ¿Quiénes serían mis nuevos compañeros de rutina? Miles de preguntas, quizá algo acojonado, debido a mi natural timidez, que intento dejar atrás con viajes y experiencias como esta. Respuesta positiva, gente agradable, enseguida se ofrecieron a ayudarme, me indicaron las cosas importantes, es decir, donde comprar ropa, comida barata, quien vendía hierba por allí, y las reglas de higiene de la casa… bueno esto último se lo saltaron. Aquello era el salvaje oeste, cada cual sobrevivía como podía, y eso que llegue en plena mejoría de la limpieza del hogar, habían quitado toda la ceniza de porro que ocupaba la mesa de la cocina el día anterior. Estaba de suerte, tenía de nuevo la flor en el culo. Casi doy saltos de alegría cuando me lo contaron, pero la prudencia me pudo. 

La fauna de la casa por aquellos momentos tampoco tenía desperdicio, teníamos un suizo bohemio, perdón, un suizo pijo-bohemio, sigue aquí, le encanta tocar la armónica y demostrar que le va la vida de tirado, pero al día siguiente aparece con una cámara fotográfica nueva, y no repara en esfuerzos para hacer saber a todo el mundo la millonada que le ha costado. No trabaja, solo hace el vago. Continuando nuestra visita la circo nos encontramos con el gordo y el flaco, una pareja de canarios indescriptibles, buenas intenciones, pero… demasiado vagos para buscarse un trabajo, dejar CV debe de ser una tarea de constancia, uno a la semana no es un buen promedio, pero tocaban muy bien la guitarra, algo que echo de menos, ya no hay música… la armónica suiza aun no se considera música, aún le queda practicar mucho más a costa de nuestros oídos. Hay una habitación en la casa que es sus buenos días posiblemente fuera el salón de la casa, hoy alberga tres potrosas camas y otros tantos armarios destartalados, todo ello ordenado en un caos perfecto. Allí descansaba la vieja guardia, Mortadelo y Filemón, italiano y francés, alto y bajo, tranquilo y nervio puro, guapo y feo, artista y deportista, pero los dos muy buenos tíos. Italia lleva cuatro, ahora cinco meses en Londres, llegó como todos los italianos, sin hablar ni una palabra de inglés, trabaja en un bar español en King Cross y no sabe el significado de lo que sirve en el bar. Es un fucker, cada día que le veo esta con una diferente, y no parece tener mucho reparo en tener compañeros de habitación. Francia es nervioso, bromista, con mucha energía, a la vez que responsable. Tiempo después conocí a su novia. Cualquier persona que les viese juntos pensaría ‘ella es la que manda, le debe destrozar en la cama, menuda mujer’, cuando les ves interactuar empiezan las dudas, de esas personalidades que pegan la una con la otra, verles en un pub de noche es mejor espectáculo que cualquier teatro de Londres. Queda otro inquilino por presentar, nunca supe su nombre, le llamábamos the Gosht, por algo será. Se volvió.


Una colmena con abejas de todos los rincones del campo de juego, tantas cosas en común como diferentes, aunque de momento funciona, y alecciona. 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Diario de un emigrante. Primeras impresiones


Tres semanas llevo ya en esta exorbitante ciudad. Tres semanas lentas, de diez días cada una, de fuertes contrastes, instantes de inmensa alegría interrumpida por pésimas sensaciones, producidas todas ellas por grandes progresos y peores baches. Cosmopolita, instructora, penosa, cruel, amistosa, insoportable, comprensiva, insultante, benevolente, tolerante, complaciente, intransigente, feroz, inolvidable, brutal, memorable, extraña, cercana, ofensiva, grosera, encomiástico, halagador, dura, solitaria, hiriente, aduladora… tal es la ciudad y tal es mi experiencia en este tiempo.

Entrando en detalles escabrosos y los no tanto; arribé un frio lunes de septiembre, el diecisiete más concretamente, siendo alguien ya iniciado en el transportes londinense y teniendo tan claro mi destino, dediqué mi primera evening a hacerme con una tarjeta de telefonía, objeto que me fue de fácil acceso y pequeño costo. También de gran utilidad, pues en lo que utilice mis esfuerzos en los siguientes días fue el buscar una habitación donde descansar, que me proporcionase mejor cobijo que el, aunque confortable, infame Walrus. Tal era el nombre del hostal donde sus chicos tanto me ayudaron y me aconsejaron. Dos de ellos, Jose y Alex, venían de México, dato que no estuvo en mi poder el primer día y me hizo practicar mi inglés con quien me podría haber entendido en mi lengua materna. Era una edificación con el típico sucio encanto londinense, aquellos que habéis visitado Londres me entenderéis. La planta baja la ocupaba… y la ocupa un confortable bar, sobre el cual se sostiene una sucesión caótica de habitaciones abarrotadas de gentes de las más variadas partes del mundo. Allí conocí, dando por nombrados a los mexicanos, a un profesor de Ingeniería de la Universidad de Valladolid, que al ser, al igual que yo, viajero solitario, se convirtió rápido en un gran amigo temporal, y porque no decirlo, aunque no a sabiendas, en un apoyo más que eficaz para esos momentos de soledad que me atacaban en tales días. The Warlus se convirtió en mi morada y Ramón, Alex y Jose en mis nuevos amigos express.

Buscar un nuevo acomodamiento se convirtió en algo pesado. Tenía la información necesaria para llevarla a cabo, pero, quizá no las expectativas adecuadas. Londres es especial, sus habitaciones también. En sucesión de sucias, caóticas y desordenadas llamémosles casas pasaron ante mi. En alguna de la habitaciones no entraba yo junto con mis maletas, y otras estaban ya ocupadas por distintos tipos de insectos y bichos varios. Por no hablar de las zonas comunes de dichas moradas, pues como todo aquel que haya compartido residencia con gente de similares condiciones sabrá, suelen ser aun peor limpiadas que la propia habitación, como es de esperar. Mi intención era encontrar a través de las webs inglesas y de los periódicos gratuitos un landlord, como se llaman aquí los caseros, que me evitase pasar por inmobiliarias, agencias y demás chupasangres presentes siempre en estos negocios, más si cabe en una ciudad como Londres. He de decir que encontré lo que buscaba, encontré la aguja en el pajar, mas la aguja estaba roñosa y, aunque tenía un precio razonable… razonable para lo reducido de aquel cuarto de escobas. Así me harté de gastarme el saldo del móvil en llamadas a supuestos particulares que resultaban ser exigentes agencias. Te vendían el oro y el moro para engatusarte y en cuanto mostrabas el mínimo interés por sus servicios, era entonces cuando salían con los meses que querían por adelantado y los otros tantos que requerían de fianza. Siendo siempre muy mentiroso y echándome el farol de que, por supuesto, podía permitírmelo, para lograr ver la casa en cuestión, descubrí algún lugar medianamente digno de llamarse habitación, pero nunca en comparación con el concepto que tenemos de ello en España. En ello me sucedió un par de anécdotas que me llevaron a darme cuenta de que en Londres cada cual se preocupa de sí mismo y poco importa lo que hagan los demás, además se sienten particularmente ofendidos ante las interacciones de extraños en sus quehaceres diarios.

La primera sucedió en tanto esperaba, al mentado anteriormente, casero del cuarto de escoba, con el que había quedado bajo el roñoso puente del ferrocarril. Al no saber yo el aspecto que tendría Delroy, mire con extrañeza a todo hombre que se me acercaba sospechoso de ser mi nuevo socio. A uno de ellos no le pareció correcto y me devolvió la misma mirada, aunque, por que no decirlo, más incómoda, y volviéndose por momentos desafiante me preguntó ‘Do you have any problem?’ a lo cual yo respondi, con mi mejor inglés posible ‘No, sorry, I m waiting for one who is going to sow me a room for rent. I thought you were that person…’. Se dio por satisfecho y continuó su camino. Dejome más dubitativo aun, y tal vez algo nervioso, ante lo que me iba a encontrar. El resto es conocido, resulto ser Jamaicano y vivir en una casa con su hijo, de la cual alquilaban aquel cubículo como habitación por ochenta y cinco pounds per week.

La segunda acaeció mientras visitaba pisos con una de las tramposas agencias que se camuflaban tras los supuestos números privados de los anuncios de gumtree, la web más grande donde se puede encontrar de todo. Recorrimos las calles de Londres de un piso a otro, por llamarlos de alguna manera, con una compañía de lo más variopinta, un italiano, una pareja de rumanos y nuestro chofer brasileño, que hacia las veces de agente inmobiliario una vez llegados a los pisos. De todos los antros que visitamos, hubo uno que se parecía a una casa, tal vez era por que aun no vivía nadie allí y estaba todo nuevo. He de aclarar que no me lo quede pues el precio, ciento treinta y tres pounds por semana, por aquel zulo de habitación me pareció desorbitado. Aunque siendo el único digno de llamarse hogar saque una fotografía al nombre del vecindario en un cartel cercano, y a esto ese me acerco una noble ancianita a preguntarme porque sacaba fotos a su casa. Una vez más me toco sacar a relucir mi entrecortado inglés para explicarle mis motivos.

Inciso sobre el hilo de la historia para trasladar una idea muy oportuna sobre la emigración, las fronteras, los nacionalismos y demás canceres de este mundo:

 La elección de una fecha de origen es puramente arbitraria. En el año 1000, la mayor parte de lo que hoy es España formaba parte de un califato islámico. Si utilizas la Historia para justificar la “nación española”, no puedes quejarte de que Al Qaeda luche por restaurar Al Andalus. Ellos han elegido una fecha tan legítima (y arbitraria) como la tuya. Si de verdad queremos respetar la Historia, si tanto nos importa la tierra de nuestros antepasados, deberíamos mudarnos todos al Valle del Rift. De aquél rincón de África salimos todos los humanos. ¿Me escucha Sr. Mayor Oreja? La próxima vez que le pregunten por su origen, quiero escucharle decir: “yo, antes que nada, soy un inmigrante africano”.


Fragmento del articulo: ‘¿Cómo alguien puede ser ‘nacionalista’ y ‘de izquierdas’?’ de Principe Marusia, publicado en Público con fecha del 15 de octubre de 2012.